La inteligencia artificial no sustituirá al médico. Pero cambiará cómo abordamos la obesidad.
Ya lo estamos empezando a ver.
La IA puede ayudar a predecir la respuesta a tratamientos, estratificar el riesgo cardiometabólico o adaptar recomendaciones a cada paciente.
También puede hacer algo que nosotros no podemos: estar disponible 24/7.
Y eso, bien utilizado, puede mejorar la adherencia, la comprensión de la enfermedad y la capacidad real de cambio.
Pero no nos equivoquemos.
La IA no decide.
La IA no asume riesgos.
La IA no tiene criterio clínico.
Y, sobre todo: la IA también se equivoca.
El reto no es incorporar tecnología.
Es hacerlo sin perder el centro: el paciente y el juicio clínico.
No necesitamos más datos.
Necesitamos mejores decisiones.